julio 24, 2025

Promesas de un planeta que sigue desangrándose en la cruz.

Por Maxi Prio

Una reflexión sobre la conjunción Saturno-Neptuno.

Una Tierra herida, sacrificada en el altar de nuestras contradicciones, mientras las promesas de redención, de progreso, de un nuevo mundo se elevan como espejismos sobre un suelo aún marcado por el sufrimiento colectivo. En el cielo con la conjunción entre Saturno y Neptuno se abre una puerta simbólica para interpretar esta imagen:

Las estructuras que se disuelven y los ideales que se encarnan.

Saturno y Neptuno representan fuerzas aparentemente opuestas, pero profundamente complementarias:

Cuando estos dos planetas se unen en conjunción, se activa un ciclo de integración entre lo espiritual y lo material, donde se nos invita a darle cuerpo al alma. Pero este proceso no está exento de dolor, muchas veces implica el colapso de estructuras caducas, la desilusión de promesas que nunca se concretaron y la toma de responsabilidad por los sueños que sostenemos colectivamente.

La conjunción se da en Aries, el yo que afirma su existencia, el nacimiento de la conciencia individual. Quizás es tiempo de iniciar un nuevo ciclo de realidad, donde los sueños colectivos deben comenzar a encarnarse con acciones concreta y con la responsabilidad desde la consciencia individual.

Este tránsito nos confronta con la pregunta:

¿Qué estamos dispuestos a encarnar? ¿Cuáles ideales merecen ser sostenidos por nuestras acciones, y cuáles son solo evasiones que perpetúan el sufrimiento?

La cruz de la humanidad: ¿Sacrificio o una redención?

Lo que sigue desangrándose en la cruz, como dice Aristimuño, evoca una dimensión arquetípica de sacrificio colectivo. No es difícil ver  la humanidad que repite patrones de destrucción —sociales, ecológicos, espirituales— mientras promete un mundo nuevo que no termina de llegar.

La cruz es símbolo del encuentro entre el espíritu (vertical) y la materia (horizontal), el lugar donde se encarna el alma humana. La Tierra misma parece hoy suspendida en esa encrucijada: esperando que nuestras promesas se vuelvan actos, que los ideales espirituales no se diluyan en dogmas ni se posterguen indefinidamente, sino que se asuman con la madurez que Saturno exige.

Neptuno sin Saturno sueña sin actuar. Saturno sin Neptuno construye sin alma. Su conjunción nos invita a un compromiso compasivo y lúcido: ni resignación, ni escapismo.

Ojalá este tránsito lo vivamos como una iniciación a la adultez espiritual. No aquella que se enorgullece de la dureza del mundo, sino la que, aún consciente del dolor del planeta, elige sostener promesas verdaderas con acciones responsables. Es un llamado a dejar de desangrarnos inútilmente y comenzar a curar desde lo más profundo, desde el lugar donde cuerpo y alma se encuentran.

Así, tal vez podamos transformar esa cruz de sacrificio en un puente de encarnación espiritual, donde la Tierra no sea ya un campo de batalla entre sueños y realidad, sino el espacio sagrado donde los sueños se hacen carne.